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Lectura y Reflexión V Domingo de Cuaresma

Publicado en Actualidad

 

 

Lectura y Reflexión del V Domingo de Cuaresma. El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra

 

 

Primera lectura

 

Lectura del Libro de Josué 5, 9a. 10-12

 

En aquellos días, el Señor dijo a Josué:

–Hoy os he despojado del oprobio de Egipto.

Los israelitas acamparon en Guilgal y celebraron la pascua al atardecer del día catorce del mes, en la estepa de Jericó.

El día siguiente a la pascua, ese mismo día, comieron del fruto de la tierra: panes ácimos y espigas fritas.

Cuando comenzaron a comer del fruto de la tierra, cesó el maná. Los israelitas ya no tuvieron maná, sino que aquel año comieron de la cosecha de la tierra de Canaán.

 

 

 

Salmo

 

Sal 33, 2-3. 4-5. 6-7 

R. El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.

 

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, 

nos parecía soñar:

la boca se nos llenaba de risas, 

la lengua de cantares. R.

 

Hasta los gentiles decían: «El Señor 

ha estado grande con ellos.»

El Señor ha estado grande con nosotros, 

y estamos alegres. R.

 

Que el Señor cambie nuestra suerte, 

como los torrentes del Negueb.

Los que sembraban con lágrimas, 

cosechan entre cantares. R.

 

Al ir, iban llorando, 

llevando la semilla;

al volver, vuelven cantando, 

trayendo sus gavillas. R.

 

 

Segunda lectura

Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Filipenses 3, 8-14

 

HHermanos:

Todo lo estimo pérdida, 

comparado con la excelencia del conocimiento 

de Cristo Jesús, mi Señor.

Por él lo perdí todo, y todo lo estimo basura 

con tal de ganar a Cristo y existir en él, 

no con una justicia mía –la de la ley–, 

sino con la que viene de la fe de Cristo, 

la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe.

Para conocerlo a él, y la fuerza de su resurrección, 

y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte, 

para llegar un día a la resurrección de entre los muertos.

No es que ya haya conseguido el premio, 

o que ya esté en la meta: 

yo sigo corriendo.

Y aunque poseo el premio, 

porque Cristo Jesús me lo ha entregado, 

hermanos, yo a mí mismo me considero como si aún no hubiera 

conseguido el premio.

Sólo busco una cosa: 

olvidándome de lo que queda atrás 

y lanzándome hacia lo que está por delante, 

corro hacia la meta, para ganar el premio, 

al que Dios desde arriba llama en Cristo Jesús.

 

 

Evangelio del día

Lectura del santo Evangelio según San Juan 8, 1-11 

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.

Los letrados y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron:

–Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras: tú, ¿qué dices ?.

Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo.

Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.

Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:

–El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.

E inclinándose otra vez, siguió escribiendo.

Ellos, al oirlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos, hasta el último.

Y quedó solo Jesús, y la mujer en medio, de pie.

Jesús se incorporó y le preguntó:

–Mujer, ¿dónde están tus acusadores?, ¿ninguno te ha condenado?

Ella contestó:

–Ninguno, Señor.

Jesús dijo:

–Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.

 

 

MEDITACIÓN

Este domingo es el domingo del desbroce, de barrer y limpiar el camino con ramas de brezo para que el Maestro entre en Jerusalén unos días después. Es el domingo de la novedad, donde quedan perfiladas las actitudes nuevas que se requieren para disponerse al ¡Hosanna! que ya se barrunta y que pronto se apagará con otras voces condenatorias.

Jesús es lo nuevo, su mensaje es la novedad -toda novedad tiene pronto su detractores, no gusta-. Él es “el nuevo” de esta historia salvífica.  Otros muchos antes que Él habían puesto su empeño en predicar al pueblo la salvación que viene de Dios: jueces, reyes, profetas, libros llenos de sabiduría… hasta que llegó Juan, el último. Pero solo Jesús supo lanzarse a lo que estaba por delante, no sin miedo ¡claro!; sabiendo de los cambios/giros que da el pueblo cuando lo azuzan.  El pueblo pasa de la alabanza y glorificación a la repulsa y condena con tremenda facilidad; depende del vocinglero de turno.

En una semana, se cambiarán las tornas. Jesús no se sorprendió cuando aquel cambio se produjo. Los que le escuchaban decir aquellas cosas que vemos en el este Evangelio, los que se sorprenden, los que lo ponen a prueba y lo acusan “sotto voce”, los que le admiran y quedan desconcertados por su actitud de respeto, acogida y perdón, los expectantes a su reacción rompedora ante aquel dilema malicioso de los muy fanáticos de siempre… fueron tan previsibles, tan humanos, que Jesús se limitó a escuchar y garabatear en el suelo, esperando las acusaciones y levantando la mirada entorno para decir su frase tan lapidaria como las piedras que ya tenían preparadas para arrojarlas sobre aquella mujer… El que esté limpio de culpa… Casi seguro que Jesús también buscaba con su mirada entre tierna y escudriñadora dónde estaba el hombre incitador  y no menos culpable, si es que lo había…

Por eso, su actitud del “anda, y en adelante no peques más” es uno de los últimos gestos de su mensaje salvífico: acoger, guardar silencio, no preguntar, -ni siquiera por el individuo que convirtió a aquella mujer en adúltera; ¿acaso era verdad o era una “fake news” de los viejos acusadores del lugar…?-, perdonar, perdonar siempre, porque de eso se trataba y se trata. Ante su actitud desconcertante, fueron escabulléndose… y solo quedaron en aquel escenario seco y pedregoso como los corazones de los acusadores, Jesús y la mujer. El evangelio no nos dice qué hicieron sus discípulos - ¿estaban presentes? ¿callaron por cobardía?, ¿se sentían también descubiertos?-; pero en esta mañana  de domingo sí nos pregunta de manera indirecta: ¿qué hubieras hecho tú?.

Fr. José Antonio Solórzano Pérez

Casa San Alberto Magno (Madrid)

 

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