Meditación en la Catedral al paso de nuestra Cofradía

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Adjuntamos la Meditación realizada por N.H.D. Manuel Molina Cano en la Santa Iglesia Catedral de Sevilla el pasado Lunes Santo al paso de nuestra Hermandad.

 

MEDITACIÓN EN LA CATEDRAL 2013

 

            + En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Un año más, en respuesta a lo que en este sentido marcan nuestras renovadas Reglas, hace su Estación de Penitencia en la Santa Iglesia Catedral la Hermandad y Cofradía de Nazarenos de Nuestro Padre Jesús de las Penas y María Santísima de los Dolores, establecida canónicamente en la parroquia de San Vicente Mártir, fundada en el año 1875 y que da culto a las Imágenes de Jesús de las Penas, el Nazareno de amorosa mirada derribado en tierra bajo el peso de la cruz en una de las Tres Caídas que sufrió Nuestro Señor Jesucristo en su amargo y voluntario camino hacia el Calvario para culminar nuestra Redención.

 

Nuestro Padre Jesús de las Penas es una imagen de autor desconocido aunque se atribuye a algún miembro del taller o del círculo del escultor sevillano Pedro Roldán, en el siglo XVII, y que antiguamente recibía culto en el ya desaparecido convento sevillano del Carmen.

 

Por lo que se refiere a María Santísima de los Dolores, es una imagen erguida y de vestir, igualmente de autor desconocido, pero que por su tipología y características se atribuye por los expertos al círculo napolitano del siglo XVIII.

 

En una primera etapa tras su fundación, nuestra Hermandad de las Penas salió procesionalmente durante los años 1878 y 1879 el Domingo de Ramos, aunque al año siguiente, en 1880, lo haría el Lunes Santo por haber llovido el día anterior.

 

Un año más tarde hizo su salida el Martes Santo y en 1882 de nuevo volvió a salir el Domingo de Ramos, llevando a cabo la salida primero desde el convento de Santa María la Real y posteriormente desde la iglesia parroquial de San Vicente Mártir, en la que actualmente tiene establecida su sede.

 

Precisamente su traslado a la iglesia de “los Viejos”, en la sevillana calle Amparo, por obras en su templo, trajo consigo un periodo de cierta languidez a la Hermandad, que prácticamente la llevó a la desaparición hasta que en 1923 un grupo de devotos, encabezados por Domingo Bellido Vázquez, consiguió su reorganización.

 

Ahora venimos de nuevo desde la iglesia parroquial de San Vicente Mártir, un templo gótico-mudéjar de los siglos XIV y XV, ampliado en el XVII y restaurado en los siglos XIX y XX, con un magnífico retablo mayor obra de Cristóbal Guadix en el siglo XVII, y venimos ahora desde ella después de haber vuelto felizmente tras una breve salida en 1950 a la cercana capilla de la Hermandad del Museo y una más larga y reciente a la iglesia parroquial de San Isidoro, donde estuvimos radicados durante ocho años.

 

Este año acompañan a nuestras Sagradas Imágenes algo más de setecientos hermanos de uno y otro sexo, en los que se incluyen más de un centenar de monaguillos, además de nuestros acólitos y ciento cuarenta costaleros, porque la ansiedad y la ilusión por llevar a nuestras imágenes permite a esta cofradía tener dobladas las dos cuadrillas de sus pasos.

 

Estos setecientos hermanos vienen unidos, en auténtica Hermandad, para dar público testimonio de su fe en Jesucristo y de su pertenencia y fidelidad a la Santa Iglesia Católica.

 

La Hermandad de las Penas de San Vicente, como todas las Hermandades y Cofradías de la Archidiócesis de Sevilla, realiza su estación de penitencia con una intención común, intención que en este año 2013 no son otras que las del Papa Emérito, Benedicto XVI y las del recientemente elegido Papa Francisco.

 

Por el primero de ellos, para el Papa Emérito Benedicto XVI, pedimos a Nuestro Padre Jesús de las Penas que premie su entrega a lo largo de todos los años de Pontificado al servicio de la Iglesia, que recompense su luminoso y bienhechor Magisterio, con el que nos ha confirmado a todos en la fe apostólica, y que el Señor le de salud, paz, alegría y fuerza para seguir sirviendo a la Iglesia desde ese nuevo y precioso objetivo de servicio que se ha fijado desde el voluntario retiro y la permanente oración.

 

Para el Papa Francisco, cuya sencillez y humildad tan prontamente nos ha llegado al alma a todos los cristianos, los cofrades sevillanos pedimos que Dios le de el corazón, el estilo y las formas del propio Jesucristo, el Buen Pastor, que no vino al mundo a ser servido, sino a servir, y que llevó al máximo su amor por todos nosotros en su Sublime y Definitiva Entrega para, con su muerte, rescatarnos a todos de ella y llevarnos a la Morada Eterna de su gloria.

 

Por eso le pedimos a Dios que vengan sobre él la Luz y la Fuerza del Espíritu Santo para que busque y encuentra, con todos y cada uno de sus actos de gobierno y pastorea, la necesaria renovación de la iglesia, para que nos conduzca a todos por el camino del Evangelio y de la santidad verdadera y para que encuentre siempre en todos nosotros un pueblo dispuesto a buscar y seguir la luz de la Palabra.

 

Con esta primera intención, nazarenos, penitentes, monaguillos, servidores, acólitos y costaleros de las Penas, rezan en silencio, reconociendo sus pecados y pidiendo perdón a Dios por ellos:

 

Yo confieso, ante Dios, Padre Todopoderoso,

 Señor Nuestro de las Penas,

 Y ante vosotros hermanos,

 A los que quizás a veces hice blanco de ellos,

 Que he pecado mucho

 De pensamiento, palabra, obra y omisión.

 Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa,

 Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen,

 Mi Virgen de los Dolores,

 A los ángeles, a los santos,

 Y a vosotros hermanos,

 que intercedáis por mí ante Dios Nuestro Señor, Amén.

 

 En silencio, en este silencio sólo roto por el crepitar de la cera ardiente o el racheo de los pies de quienes les llevan sobre sus hombros, todos establecen un íntimo diálogo con Nuestro Señor o con su Divina Madre, porque saben que ambos conocen sus desconsuelos y tristezas con todo detalle, pero vienen de nuevo a contárselas, como cada lunes, para decirles quién les hirió, quién lastimó su amor propio o les despreció, sabedores de que en sus corazones encontraran el mejor bálsamo para todas las heridas del suyo y que después de eso terminarán por decir, a imagen y semejanza de Ellos mismos, que todo lo perdonan y lo olvidan, porque saben que después de eso recibirán su consoladora bendición.

 Advierte Padre Jesús de las Penas sus temores, sus inquietudes, sus desasosiegos, que no por infundados dejan de ser desgarradores. Por eso vienen a echarse en tus brazos, a confiarse a tu Divina Providencia, para sentirse contigo, a tu lado, junto al que todo lo ve, todo lo oye y ni un momento los desampara. 

 Piensan en que hubo personas que antes les quisieron bien y ahora parecen haberse olvidado y alejado de ellos, sin que crean haberles dado ningún motivo. Por eso te ruegan por ellas, para que las devuelvas a su lado si no han de ser un obstáculo para su propia salvación.

 Como su buen Amigo, su mejor Amigo, que eres, déjales contarte todo lo que les ha consolado, todo lo que ha hecho sonreír sus corazones desde la última vez que te acompañaron. Son muchas pequeñas cosas, algunas de las cuales han supuesto sorpresas agradables, que les han ayudado a disipar algunos negros recelos, buenas noticias o muestras de cariño, alguna dificultad vencida o algún lance apurado superado felizmente.

 Saben que todo ello, por pequeño que parezca, es obra tuya, que Tú, Jesús Mío de las Penas, se lo has proporcionado, y por eso quieren mostrarte su gratitud y decirte sencillamente: “Gracias, Padre mío, gracias”. Porque saben que el agradecimiento trae consigo nuevos beneficios, porque al bienhechor, incluso siendo Tú, le gusta verse correspondido.

 También quieren que sepas que tienen promesas que hacerte. Saben que lees en el fondo de nuestros corazones, que a los hombres resulta muy fácil engañarlos, pero que a Dios no. A Ti, Dios Mío, ni pueden ni quieren engañarte. Por eso te hablan con toda sinceridad y te dicen que tienen la firme resolución de no exponerse más a aquella ocasión de pecado, de privarse de aquel objeto que les dañó, de no tratar más a aquella persona que perturbó la paz de sus almas y de volver a ser dulce, amable y condescendiente con aquella persona a quien, por haberles fallado, han mirado hasta hoy como enemiga.

 En ese íntimo diálogo hay también un amplio espacio para pedir por toda la Iglesia Universal, para rogar a Dios que aumente nuestra fe en este año de la Fe, y por las intenciones y necesidades de nuestro Arzobispo Juan José, por sus intenciones y porque sean muchos y abundantes los frutos de su ministerio episcopal en nuestra Iglesia de Sevilla.

 

SEGUNDA PARTE

              Por todo eso, al verte a Ti caído Señor sobra la tierra, apoyada tu mano en esa negra roca, vencida tu fuerza por el peso cruel de mis pecados y viendo el infinito amor de tu mirada, mi palabra se hace oración:

 Misericordia, Dios mío, por tu bondad;

 Por tu inmensa compasión, borra mi culpa;

 Lava, Señor, del todo mi delito;

 Limpia, Jesús, por siempre mi pecado.

 Reconozco, Señor, que soy culpable,

 Perdón pido, Jesús, siempre en mis preces,

 Porque contra Ti, mi Dios, sólo pequé

 Cometiendo esa maldad que Tú aborreces.

 Yo culpable, llevándote a la Cruz con mis errores,

 Tú, Jesús, inmensamente bueno,

 y aún caído, Señor, sobre la tierra

 derramas en las almas tal consuelo

 que nos llevas a alejarnos del pecado

 para llegar a Ti y ser tu cirineo

 Porque sueño que de pronto tu sangre estoy restañando,

 y pienso que con mi cruz también la tuya levanto,

 y te quito esa corona que te ha hecho tanto daño,

 y te ayudo a incorporarte, tomándote de la mano.

 Jesús Mío de las Penas, déjame seguir soñando

 que al enjugarte la sangre Tú la mía estás enjugando,

 que al levantarte la cruz quitas la mía de mis brazos,

 que al quitarte la corona no hay ya espinas a mi paso,

 que nunca fui más feliz que al tomarte de la mano

 en este sueño bendito de tarde de Lunes Santo.

 que Tú, Señor de las Penas, siempre me das alegría,

 que no me inspiras tristeza,

 que en tu semblante sereno se crece mi fortaleza,

 que no hay dolor en tus manos,

 son caricias lo que entregan,

 que tu corona de espinas siempre espero que florezca,

 que Tú siempre me das vida, porque siempre eres promesa

 de que hay mañana mejor por mucho que no parezca.

 Padre Nuestro de las Penas, Cristo que del cielo baja

 Déjame llegar a Ti, déjame enjugar tu cara

 y abrazarme a esa madera que va sobre Ti cargada.

 

 Padre Nuestro, que estás en el cielo y en todos los corazones

 santificado sea tu nombre,

 en la alegría y en los duelos de toda mujer y hombre.

 Venga a nosotros tu Reino y hágase tu voluntad,

 aún cuando no la entendemos, en la tierra como en el cielo.

 El pan nuestro de cada día,

 unas veces amargo y otras lleno de alegría,

 dánosle hoy;

 perdona nuestras ofensas,

 porque es débil nuestra alma

 para tan agreste senda,

 como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden;

 no nos dejes caer en la tentación,

 que nuestra senda ilumine la Luz que irradia tu Amor,

 y líbranos del mal. Amén.

 
 
             ¡Oh Dios! Padre Jesús de las Penas, Pastor y guía de todos los fieles;

 Mira con bondad a tu siervo Benedicto,

 A quien elegiste como pastor de tu Iglesia,

 Concédele que su nuevo servicio

 De ocultación y de plegaria

 Sea provechoso al pueblo al que ha servido,

 Para que llegue a la vida eterna

 Junto con el rebaño al que ha pastoreado.

 Por Jesucristo Nuestro Señor,

 Que siendo Dios viva y reina contigo

 En la unidad del Espíritu Santo,

 Por los siglos de los siglos, Amén.

 
 
             ¡Oh Dios! Que para suceder al apóstol San Pedro

 Elegiste a tu siervo Francisco como pastor de tu grey,

 Escucha la plegaria de tu pueblo

 Y haz que nuestro Papa,

 Vicario de Cristo en la tierra, confirme en la fe a todos sus hermanos,

 Y que toda la iglesia se mantenga en comunión con él

 Por el vínculo de la unidad, del amor y de la paz,

 Para que todos encuentren en Ti, Pastor de los hombres,

 La verdad y la vida eterna.

 Por Jesucristo Nuestro Señor,

 Que siendo Dios viva y reina contigo

 En la unidad del Espíritu Santo,

 Por los siglos de los siglos, Amén.

 

 

TERCERA PARTE

 

 Las negras cruces de penitencia han ido dejando paso a unos cirios blancos, inmaculados, como Inmaculada es la Reina y Señora, Virgen de las Vírgenes, a la que alumbran el camino tras los pasos de su Hijo.

 

         Sólo en tu ayuda permanente hallamos el apoyo suficiente y necesario para superar las adversidades y seguir adelante en este mundo en el que el paro sigue haciendo estragos entre tus hijos, siguen profundizando hasta convertirlas en abismo las diferencias entre las clases sociales, ahondando cada día más en esa sima que separa a quienes deberíamos ser sobre todo y ante todo hermanos, mientras la pobreza y la miseria se van haciendo han dejado de ser algo lejano para convertirse poco a poco en vecinas de todos y comienzan a convivir entre nosotros sin que apenas podamos, sepamos o queramos remediarlo, lo que hace florecer más y más cada día la indiferencia, aunque cada vez nos resulta más evidente que nuestro hermano sufre y que con él deberíamos sufrir todos.

 

         Un mundo, Madre nuestra, en el que la droga continúa causando daños, sobre todo en la juventud, y sigue rompiendo vidas e ilusiones, convirtiéndose, para familiares y amigos de quienes caen en ella, en el mayor martirio y tormento de nuestro siglo, en la gran amenaza de nuestros tiempos.

 

 Tú viniste, Reina del Cielo, a darnos la vida a través de la vida de tu propio hijo, que con su muerte nos brindó la vida eterna, y ahora nosotros, inconscientes, irresponsables y alocados, aprobamos cercenarla en sus comienzos mismos defendiendo unas leyes de aborto que no son sino asesinatos encubiertos porque legalizan la muerte de los más inocentes, inocentes, Madre, como tu propio Hijo lo fue, que sólo alcanzó la muerte por nuestros pecados quien se había hecho semejante a nosotros en todo salvo en el pecado mismo,  unas leyes que dando atribuciones tempranas a las futuras no madres elimina la voluntad, la autoridad y casi la existencia misma de los padres, quizás porque no hayan encontrado forma mejor de acabar con la familia.

 

Tomamos todos, metámonos todos porque a veces con nuestro silencio y con nuestra pasividad, con nuestra indiferencia y nuestra tibieza hemos tenido una parte activa en la toma de estas decisiones adoptadas mientras con pereza nos hemos limitado a callar y a mirar hacia otro lado, aún sabiendo que son decisiones que te ofenden como Madre porque suponen un atentado vil y abyecto contra la vida más inocente.

 

El hoy Papa Emérito, Benedicto XVI no dudó, por el contrario, en defender tenazmente el derecho a la vida de todas las personas, y de una manera especial la de los no nacidos, y en subrayar que “el aborto no puede ser un derecho humano, porque precisamente es totalmente opuesto a cualquier tipo de derecho, para agregar que antes que ese derecho que algunos aseguran reconocer en el hecho de ofrecer cada vez más concesiones y posibilidades al aborto, éste es una gran herida que se está causando a la sociedad.

 

Abortos, anticonceptivos a disposición de todos… de una manera generosa y vergonzosamente gratuita. Cualquier medio vale. Cualquier medio, claro, que pueda considerarse bueno para destruir a la familia, a esa familia que durante siglos ha sido la base primera de toda sociedad estructurada.

 

Paro, droga, aborto… tres terribles palabras, Madre Nuestra. Tres auténticas epidemias, que deberían hacernos temblar por la terrible amenaza que suponen pero con las que, por el contrario, la sociedad de hoy parece hasta contenta de convivir y a las que acepta sin mostrar una excesiva oposición a ellas. Con demasiada frecuencia nos encogemos de hombros porque, en el mejor de los casos, preferimos pensar que son irremediables antes de intentar el más mínimo esfuerzo para oponernos a ellas.

 

Por el contrario religión y, sobre todo, crucifijo son dos vocablos odiados, son dos palabras despreciadas en sí mismas y en quienes tienen, dicen algunos, el atrevimiento de practicar la primera y rendir culto al segundo.

 

Durante los últimos años parece como si nos empeñáramos en ocultarnos, en volver a los comienzos del cristianismo cuando los seguidores de tu Hijo eran perseguidos hasta la muerte por quienes no podían entender que se amara a un Dios por el que estaban dispuestos, como hicieron muchos, incluso a dar la vida.

 

Hoy nosotros, sin que la amenaza llegue a esos extremos, parecemos dispuestos a esconder nuestras creencias, avergonzarnos ante una progresía que, sin entendernos tampoco, quizás porque ni siquiera lo intentan, encuentran fácil atacarnos. Entre otras cosas porque sí saben que tu Hijo, nuestro líder, nos pidió que cuando nos abofetearan no respondiéramos con violencia, sino ofreciendo a nuestro enemigo la otra mejilla.

 

Por esa razón, entre otras, el crucifijo ha ido desapareciendo de demasiados lugares. Se hace difícil verlos ya en buena parte de establecimientos públicos. ¿La razón? Que dicen que puede resultar molesto para algunos el verlos sin pensar, seguramente, que son muchos más, que en España seguimos siendo mayoría, los que nos sentimos arropados, cubiertos, abrigados, protegidos y felices al verlos en el mismo lugar donde siempre estuvieron recordándonos el inmenso sacrificio de tu Hijo para, a través de su propia muerte y resurrección, darnos vida eterna.

 

Meditando en estas cosas, nos ha venido al encuentro el altar andante que supone tu paso, Madre Nuestra de los Dolores, altar rebosante de luces y de flores entre las que Tú resplandeces como ninguna (amor de priostes y camareras que se esfuerzan con primor por verte siempre bella).

 

Bajo tu protección nos acogemos,

 

Virgen mía de los Dolores, Santa Madre de Dios.

 

No desoigas las súplicas

 

Que siempre te dirigimos en nuestras necesidades,

 

Antes bien, escúchalas favorablemente

 

Y líbranos siempre de todo peligro,

 

¡Virgen gloriosa y bendita!

 Dolorosa bajo palio, Jardín de nuestras plegarias,

 que haces del sollozo un grito que enmudece las gargantas,

 que se mete en los adentros para estremecer el alma;

 que has cubierto a esta ciudad con tantas y tantas gracias

 que no hay persona que sienta que por Ti está olvidada,

 no hay rincón al que no llegues ni quien al ver tu mirada

 pueda evitar el deseo de verte otra vez mañana,

 que haces olvidar tristezas, que con el dolor acabas,

 que eres Torre de Marfil, Concepción Inmaculada,

 Virgen sencilla y humilde,  del Señor Madre y Esclava,

 de hermosura Manantial y del sol Luz envidiada,

 de Misericordia Plena, de Caridad Soberana

 y por encima de todo alivio de nuestras almas. Amén.